La tortura, un delito consentido.
Editorial de GARA del 12 de febrero de 2001.
La tortura, un delito consentido
Hace veinte años, por estas fechas y tras más de una semana de estancia en la Dirección General de Seguridad de Madrid, Joseba Arregi se encontraba literalmente aplastado. Roto por dentro, amoratado y quemado por fuera. El 13 de febrero de 1981 moría a causa de un edema pulmonar y un derrame pleural. Aquella muerte hizo que se visibilizara en la sociedad la realidad que escondían las comisarías españolas y que tantos se negaban a admitir.
Los relatos de las torturas son escalofriantes. «En el traslado a dependencias judiciales para el interrogatorio le condujeron a un bosque. Durante el trayecto le golpearon en la cabeza y en un hombro. Después le obligaron a salir del automóvil y a arrodillarse, apuntándole con una pistola a la cabeza en un simulacro de ejecución. Luego le pusieron cinta aislante alrededor de las manos y de las piernas, le esposaron, le ataron las piernas con una cuerda, le cubrieron la cabeza con una bolsa de plástico y le volvieron a golpear». Una vez en dependencias de las FSE y durante el tiempo que parmaneció allí le inmovilizaron «y golpearon, casi siempre con las manos ''protegidas'', en la cabeza y en un hombro; le sometieron continuamente a ''la bolsa'' y le daban patadas cada vez que caía al suelo». La narración de los hechos, como se puede observar, resulta espeluznante. Pero ésta no corresponde a hace veinte años, sino que está transcrita del último informe de Aministía Internacional y recoge la denuncia realizada por Nekane Txapartegi. A lo contado, debe añadirse que durante el tiempo que permaneció en el cuartel de la Guardia Civil de Tres Cantos donde en 1993 murió Gurutze Yantzi también fue objeto de abusos sexuales, introduciéndole los dedos en la vagina». Txapartegi se encuentra en libertad, procesada en el sumario 18/98 dentro del «caso Xaki».
Pese a lo repugnante que resulta puesto que es un delito ejercido sobre personas indefensas por los mismos funcionarios que deben garantizar sus derechos y los de la ciudadanía y la constatación de que se trata de una práctica que no se ha interrumpido sino perfeccionado, la tortura está hoy fuera de la agenda política e informativa, cubierta por un manto de silencio. Gracias al cual, el Estado puede encubrir, proteger y, en caso de que el juicio sea inevitable, indultar a los torturadores, creando en ellos una sensación cierta de impunidad, como denunció recientemente AI. Y esa impunidad no es únicamente responsabilidad del Gobierno o de los jueces, sino también de todos aquellos que, como hace veinte años, siempre tienen una excusa para mirar a otro lado, callar y acallar. *